martes, 30 de marzo de 2010

La verdadera razón de la guerra de Iraq

La verdadera razón de la guerra de Iraq


Traducido por Guillermo F. Parodi


El gobierno de Bush empantanó a los EE UU en un sexto año de guerra en Afganistán e Irak, sin ningún final a la vista. El coste de estas guerras de agresión es enorme. Las pérdidas oficiales estadounidenses en los combates se sitúan en 4.538 muertos. Oficialmente, se reconocen 29.780 soldados usamericanos heridos en Irak. Expertos sostienen que se trata de cifras subestimadas. Sin embargo, estas cifras no son más que la parte visible del iceberg.

El 17 de abril de 2008, AP News informó de que un nuevo estudio publicado por el RAND Corporation llegó a la conclusión que "aproximadamente 300.000 soldados usamericanos padecen de una depresión grave o de estrés post traumático después de su servicio en las guerras en Irak y Afganistán, y que 320.000 sufrieron daños cerebrales".

El 21 de abril de 2008, OpEdNews divulgó un e-mail interno de General. Michael J. Kussman –subsecretario para la salud en la Administración de los Veteranos–, a Ira Katz, jefa de salud mental en la Administración de los Veteranos, que confirma un informe del periódico de McClatchy, según el cuál 126 veteranos, de las actuales guerras, se suicidan por semana. En la medida de que estos suicidios sean atribuibles a las guerras, más de 500 muertes se deberían añadirse cada mes a las pérdidas en combate.

En relación con las pérdidas iraquíes, los estudios de expertos dan una cifra que llega hasta 1,2 millones de iraquíes muertos, casi todos civiles. Dos millones de iraquíes huyeron de su país y otros dos millones se desplazaron dentro de Irak. Las pérdidas afganas son desconocidas.

Afganistán e Irak sufrieron enormes pérdidas de civiles y daños en las viviendas, en infraestructura yl medio ambiente. Irak está afectado por el uranio empobrecido y sistemas sanitarios (cloacas) destruídos.

Además, existe el coste económico para los Estados Unidos. El Premio Nobel de economía José Stiglitz considera que el coste total de esta invasión y la tentativa de ocupación de Irak se sitúa entre 3 y 5 billones de dólares (1 billón = 1 millón de millones = 10^12). El precio del petróleo y la gasolina en dólares se triplicó, y el dólar perdió del valor contra las otras divisas, cayendo incluso espectacularmente contra el débil baht tailandés. Antes de que Bush lanzase sus guerras de agresión, un dólar valía 45 bahts. En la actualidad, el dólar ya no vale más que 30 bahts.

Los Estados Unidos no pueden permitirse de tales costes. Antes de su dimisión el mes pasado, el Presidente de Tribunal de Cuentas de los Estados Unidos, David Walker, informó de que las deudas no cubiertas con el Gobierno de los Estados Unidos ascendían en un total de 53 billones de dólares (1 billón = 1 millón de millones = 10^12) (¡alrededor de 34 billones de euros!). El Gobierno de los EE UU es incapaz de cubrir estas deudas. El Régimen de Bush hasta debe pedir prestado dinero en el extranjero para pagar sus guerras en Irak y Afganistán. No hay ningún medio más seguro de poner el país en quiebra y de desalojar el dólar como divisa de reserva mundial.

Los costes morales son quizás los más elevados. Todas esas muertes, todos esos heridos y todos esos costes económicos para los Estados Unidos y sus víctimas, enteramente se deben a las descaradas mentiras del Presidente y el Vicepresidente de Estados Unidos, del Secretario a la Defensa, de la Consejera a la Seguridad Nacional y, por supuesto, de los medios de comunicación, incluido el “liberal” New York Times. Esas mentiras se propagaron por medio de un plan no declarado. "Nuestro" gobierno aún no nos ha explicado a “nosotros, el pueblo” las verdaderas razones por las que “nuestro” gobierno invadió Afganistán e Irak.

En lugar de reaccionar, el pueblo estadounidense ha aceptado como dóciles corderitos una serie de mentiras evidentes: armas de destrucción masiva, la conexión de al Qaeda con los atentados del 9/11, el derrocamiento de un dictador y “llevar la democracia” los iraquíes.

El “moralista” gran pueblo estadounidense prefiere creer las mentiras del gobierno a reconocer los crímenes del gobierno y hacerlo responsable de sus acciones.

Para un pueblo con verdadera moral, existen numerosas formas eficaces para protestar. Consideremos por ejemplo a los inversores. Claramente que Halliburton y los proveedores del ejército están estafando al Fisco. Los inversores compran masivamente sus acciones para apropiarse de parte de los inflados beneficios. ¿Pero qué haría un pueblo con un verdadero sentido moral? ¿No boicotearía las acciones de esas empresas que se benefician con los crímenes de guerra del gobierno de Bush?

Si los Estados Unidos invadieron Irak por alguna de las razones que dio el gobierno de Bush, entonces ¿por qué los EE UU gastaron 750 millones de dólares en una “embajada” fortificada, con sistemas antimisiles, sus propios sistemas de generación de energía eléctrica y de aprovisionamiento de agua, sobre un terreno de 52 Hectáreas? Nadie ha visto o escuchado antes nada sobre tal embajada. Queda claro que se construyó a esta "embajada" como cuartel general de una potencia colonial ocupante.

La realidad es que Bush invadió Irak con la intención de transformar a ese país en una colonia estadounidense. El autodenominado gobierno de al-Maliki no existe fuera de la zona verde protegida, el cuartel general de la ocupación estadounidense. Maliki es solo un bien pagado testaferro del gobierno de Bush.

Si la dominación colonial no fuese la intención, los EE UU no harían todo lo posible para forzar a los 60.000 hombres de de la milicia de Sadr a combatir. Sadr es un chiita que es un verdadero dirigente iraquí, posiblemente el único que podría poner fin al conflicto sectario y restaurar un poco de unidad en Irak. Como tal, es considerado por la administración de Bush como un peligro para la marioneta usamericana que es Maliki. A menos que los Estados Unidos puedan comprar o falsear las próximas elecciones iraquíes, Sadr emergerá probablemente como un verdadero líder. Eso sería un evento altamente desfavorable para las esperanzas del gobierno de Bush de establecer su dominio colonial detrás de la falsa fachada democrática de Maliki. Más que trabajar con Sadr para salir del empantanamiento, los usamericanos harán todo lo posible para asesinarlo.

¿Por qué el régimen de Bush quiere gobernar Iraq? Algunos especulan que es una cuestión de “petróleo máximo”. Los recursos petroleros están declinando y la demanda crece incluso por parte de países en desarrollo como China. De acuerdo con este argumento, los EE UU decidieron apropiarse de Irak para asegurar su propio aprovisionamiento de petróleo.

Esta explicación plantea inconvenientes. La mayor parte del petróleo estadounidense procede del Canadá, México y Venezuela. El mejor medio para los Estados Unidos de garantizar sus suministros de petróleo sería proteger el papel del dólar como divisa de reserva mundial. Además, de 3 a 5 billones de dólares de dólares hubieran permitido comprar una cantidad enorme de petróleo. Antes de las invasiones usamericanas, el monto de las importaciones de petróleo estaba por debajo de 100 mil millones de dólares por año. Incluso en 2006, las importaciones totales desde los países de la OPEP eran de 145 mil millones de dólares y el déficit de comercial con la OPEP ascendía a 106 mil millones de dólares. Con tres billones se hubieran pagado 30 años de importaciones de petróleo de los EE UU; cinco billones de dólares, lo hubieran hecho para medio siglo. Para eso sólo bastaba que el gobierno de Bush hubiera preservado el valor del dólar.

La explicación más probable de la invasión estadounidense de Irak es el compromiso del régimen neoconservador de Bush con la defensa de la expansión territorial israelí. No existe ningún neoconservador que no esté sea aliado de Israel. Israel desea apropiarse de toda Cisjordania y el sur de Líbano en su plan de expansión territorial. Un régimen colonial norteamericano en Irak no solo protege a Israel contra ataques, sino que también permite ejercer presión sobre Siria e Irán para que no sostengan a los palestinos y libaneses. La guerra de Irak es una guerra para la expansión territorial de Israel. Los soldados usamericanos mueren o quedan lisiados por Israel. La "guerra contra el terror" de Bush es una patraña que sirve para cubrir la intervención de Estados Unidos en Oriente Medio por la cuenta del "gran Israel".


Paul Craig Roberts fue Secretario Asistente del Tesoro durante el gobierno de Reagan. Fue editor asociado del Wall Street Journal y editor de la National Review. Recibió numerosos reconocimientos académicos. Le fue concedida la Legión de Honor de manos de François Mitterrand. Es autor del libro “Alienation and the Soviet Economy” (Alienación y la Economía Soviética), es coautor del libro “The Tyranny of Good Intentions” (La Tiranía de las Buenas Intenciones). Puede ser contactado en: PaulCraigRoberts@yahoo.com

Fuente: http://counterpunch.org/roberts04232008.html

Artículo original publicado el 14 de abril de 2008

Israel es quien gobierna en Estados Unidos

Predominarán los votos de los tarados
Israel es quien gobierna en Estados Unidos


Traducido por Sinfo Fernández

La víspera de Navidad, el New York Times se puso a batir tambores de guerra. “Sólo hay una forma de parar a Irán”, declaraba Alan J. Kuperman, y “es mediante ataques aéreos del ejército contra sus instalaciones nucleares”.

Suele designarse a Kuperman como “director del Programa para la Prevención de la Proliferación Nuclear”, pero su llamamiento a la guerra en la víspera de Navidad se basaba en la desinformación y en las contradicciones, no en un análisis académicamente objetivo.

Por ejemplo, afirmando que Irán tiene un programa de armas nucleares, Kuperman contradice el unánime informe elaborado por dieciséis agencias de inteligencia de EEUU, los informes de la Agencia Internacional para la Energía Atómica y los de la inteligencia rusa. Sorprende mucho que a Kuperman no se le ocurra que los lectores pueden preguntarse como un burócrata académico de Austin, Texas, tiene mejor información que todas esas autoridades juntas.

Kuperman está tan empeñado en condenar el plan del Presidente Obama de hacer que otros países enriquezcan el uranio de Irán para su programa de energía nuclear e isótopos médicos, que comete increíbles errores garrafales. Después de afirmar que Irán tiene un “programa para la bomba”, Kuperman proclama que “el uranio de Irán contiene impurezas” y que la amenaza de Ahmadineyad “de enriquecer uranio a nivel doméstico hasta el nivel del 20%... es un farol, porque aunque Irán pudiera enriquecer más aún su impuro uranio, carece de capacidad para fabricar el uranio para los elementos del fuel”.

¿En qué estaba pensando el editor de de opinión del New York Times cuando aprobó el texto de Kuperman? Irán, escribe Kuperman, necesita “un 90% de uranio enriquecido” para tener el material necesario para el armamento, pero no puede llegar al 20%, ni siquiera fabricar elementos de fuel para su energía nuclear. Entonces, ¿cómo es que Irán va a poder fabricar una bomba? Sin embargo, Kuperman escribe que “hemos llegado a un punto donde los ataques aéreos son la única opción plausible con alguna posibilidad de impedir que Irán adquiera armas nucleares. ¡Cuanto antes actúe EEUU, mejor!".

No podía dejarse más claro que, al igual que en la invasión estadounidense de Iraq, un ataque militar contra Irán no tiene nada que ver con armas de destrucción masiva. Las “armas nucleares iraníes” son tan solo otro bulo más detrás del que se esconde una agenda que se pretende ocultar.

A uno le surgen muchos interrogantes acerca de las credenciales del interés de Kuperman por impedir la proliferación nuclear. ¿Cómo es que un ataque sin sentido contra un país va a impedir la proliferación? ¿Acaso las amenazas intimidatorias y actos belicistas de EEUU no están animando a los países a buscar armas nucleares?

Estados Unidos, al finalizar la primera década del siglo XXI, tiene varias guerras en marcha: en Iraq, donde la antigua comunidad cristiano-caldea ha sido destruida –no por Saddam Hussein sino por la ilegal invasión de Iraq de los neocon estadounidenses-, en Afganistán, en Pakistán, en Yemen y en Sudán. EEUU inició también una guerra, que perdió, entre su gobernante-títere en la ex provincia soviética de Georgia y Rusia.

EEUU, el mayor promotor del mundo del terrorismo, es el principal financiero de los grupos terroristas que organizan ataques desde el interior de Irán. Fueron el dinero, las armas y la cobertura diplomática estadounidenses los que posibilitaron los crímenes de guerra israelíes contra el pueblo libanés durante 2006 y contra los civiles palestinos en Gaza durante 2008-2009, crímenes documentados por el Informe Goldstone.

Irán no ha interferido nunca en los asuntos internos estadounidenses, pero EEUU sí tiene una larga experiencia de intromisión en los asuntos iraníes. En 1953, EEUU derrocó al popular primer ministro de Irán, Mohammed Mossadeq, instalando allí un títere que se dedicó a torturar a los iraníes que deseaban una independencia política.

A pesar de esta y de otras ofensas estadounidenses contra Irán, Ahmadineyad ha expresado en numerosas ocasiones el interés de Irán por llegar a buenos términos con EEUU, para ser repetidamente rechazado. EEUU quiere la guerra con Irán para extender la hegemonía mundial estadounidense.

Cabría esperar que un experto en proliferación nuclear hubiera tenido algo en cuenta la historia. A Kuperman tampoco se le ocurre nada que decir sobre las armas nucleares de Israel, la India y Pakistán. Al contrario que Irán, ninguno de esos países son signatarios del Tratado de No Proliferación Nuclear. Israel, la India y Pakistán han desarrollado todos ellos en secreto sus armas nucleares, y muchos expertos creen que Israel tuvo para ello ayuda estadounidense, lo que representa un acto de traición. Todos esos tres países han sido recompensados por Washington a pesar de su perfidia. ¿Por qué se preocupa Kuperman de Irán, que se somete a las inspecciones de la AIEA, y no de Israel, un país que no ha permitido jamás inspección alguna?

La respuesta es que el lobby de Israel, el complejo securitario-militar estadounidense y los sionistas “cristianos” han conseguido demonizar a Irán con éxito total. Cualquier experto auténtico sabe que un arma nuclear iraní no tendría otra función que disuadir de un ataque contra Irán. Desde que EEUU perdió su monopolio en las armas nucleares, tras utilizarlas ofensivamente e inútilmente contra un derrotado Japón, las armas nucleares no han servido para otro propósito que la disuasión.

EEUU no tiene intereses económicos en conflicto con Irán. Irán es sencillamente un suministrador de petróleo, uno importante. Un ataque de EEUU contra Irán, como el que defendía Kuperman, es muy probable que cerrara los flujos de petróleo hacia Occidente a través del Estrecho de Ormuz. Esto podría beneficiar a las refinerías que venden gasolina a Occidente y supondría un aumento enorme de los precios, pero nadie más saldría beneficiado.

A los tambores de guerra se han incorporado las congregaciones de falsos cristianos. Gran número de ellos, organizados por el dinero de alguien con el lema: “Dirigentes cristianos por un Irán libre de nuclear”, han escrito al Congreso exigiendo sanciones tales contra Irán que de por sí representan un acto de guerra. En el llamamiento se incluye el sionista “cristiano” John Hagee, quien, según informaciones, denigra a Jesucristo y predica a su congregación que es la voluntad de Dios que los estadounidenses luchen y mueran por Israel, el opresor del pueblo palestino.

Entre los signatarios de los “cristianos” que exigen un acto de guerra contra Irán, están el Dr. Pat Robertson, presidente del Christian Broadcasting Network, el criminal de la era Nixon Chuck Colson, y Richard Land, presidente de la Comisión de Ética y Libertad Religiosa de la Convención Baptista del Sur. Obviamente, para los baptistas del Sur la ética significa asesinar a islamistas, y de la libertad religiosa están todos excluidos salvo los cristianos “sionistas”.

Para una persona educada, formada, resulta fácil considerar locos a todos esos tarados que dicen ser cristianos. Sin embargo, esos tarados tienen audiencias inmensas que alcanzan cifras de decenas de millones de estadounidenses. Hay, de hecho, otras muchas personas que son inteligentes, que están informadas, que tienen moral y que son auténticos estadounidenses cristianos.

Sin embargo, prevalecerán los votos de los tarados.

En la segunda década del siglo XXI se extenderán las guerras sionistas de EEUU contra el Islam. Las guerras estadounidenses en nombre de la expansión territorial de Israel completarán la bancarrota de EEUU. Los bonos del Tesoro que se puedan emitir para financiar los inmensos déficits del gobierno de EEUU no van a encontrar compradores. Por tanto, la Reserva Federal monetizará los bonos. La consecuencia de todo serán tasas crecientes de inflación. La inflación destruirá el dólar como moneda reserva mundial, y EEUU no podrá ya pagar sus importaciones.

Habrá escasez, incluidas las de alimentos y gasolina, y la “Superpotencia de EEUU” se encontrará contra la pared como tercer país incapaz de pagar sus deudas.

EUU ha caído muy bajo, a nivel moral y económico, a causa de su obediencia y seguimiento respecto al lobby de Israel. Incluso Jimmy Carter, ex presidente de EEUU y gobernador de Georgia, tuvo recientemente que pedir disculpas ante el lobby de Israel por sus honestas críticas al trato inhumano de Israel hacia los ocupados palestinos, para que su nieto pudiera presentarse a un escaño al senado por el estado de Georgia.

Esto podría servir para enseñarles a esos machos tan gallitos de la superpotencia estadounidense quién gobierna realmente en “su” país.

Paul Craig Roberts fue Subsecretario del Tesoro durante la administración Reagan. Es coautor de The Tyranny of Good Intentions. Su Nuevo libro, How the Economy was Lost, saldrá publicado en enero por by AK Press / CounterPunch. Puede contactarse con él: PaulCraigRoberts@yahoo.com

Fuente: http://www.counterpunch.com/roberts12302009.html

jueves, 25 de marzo de 2010

¿El derecho a existir de Israel?

Alan Hart
ICH

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

El lunes 12 de octubre, el Primer Ministro Netanyahu inauguró la sesión de invierno de la Knesset [Parlamento israelí] arremetiendo contra el Informe Goldstone que acusa a Israel de cometer crímenes de guerra y prometiendo que nunca permitirá que israelíes sean juzgados por haberlos cometido. Pero ése no fue su mensaje principal. Fue un llamado, presentado – pensé – con cierta desesperación, a la ‘dirigencia palestina', presumiblemente a la dirigencia del “presidente” Abbas y a sus compinches de Fatah, dirigentes que son considerados por numerosos, si no por la mayoría de los palestinos, como títeres estadounidenses e israelíes en el mejor de los casos, y como traidores en el peor.
Netanyahu volvió a llamar a esa dirigencia a aceptar el reconocimiento de Israel como Estado judío, diciendo que era, y sigue siendo, la llave para la paz. Y siguió dale que dale con el mismo tema.
“Durante 62 años los palestinos han estado diciendo ‘no’ al Estado judío. Una vez más llamo a nuestros vecinos palestinos – decid ‘sí’ al Estado judío. Sin el reconocimiento de Israel como el Estado de los judíos no podremos lograr la paz… Un tal reconocimiento es un paso que requiere coraje y la dirigencia palestina debería decir la verdad a su pueblo – que sin ese reconocimiento no puede haber paz… No hay alternativa a que los dirigentes palestinos muestren coraje reconociendo el Estado judío. Ha sido y sigue siendo la auténtica llave para la paz.”
Como señaló Ha’aretz en su informe, la demanda de Netanyahu de la aceptación palestina de Israel como Estado judío es para él “un modo de asegurar el reconocimiento del derecho de Israel a existir, a diferencia del simple reconocimiento de Israel”. Es, como agregó Ha’aretz, el reconocimiento que Netanyahu y muchos otros israelíes ven como el verdadero núcleo del conflicto israelí-palestino.
En nombre del pragmatismo, la disposición a “simplemente reconocer” a Israel – queriendo decir aceptar y vivir en paz con Israel dentro de sus fronteras previas a junio de 1967 – ha sido hace tiempo la posición formal palestina y panárabe. ¿Por qué no llega a reconocer el “derecho a existir” de Israel, y por qué, realmente, es tan importante para el sionismo que los palestinos reconozcan ese derecho?


La respuesta es la siguiente:
Según la historia, tal como la escribió el vencedor, el sionismo, Israel recibió su certificado de nacimiento y por lo tanto su legitimidad mediante la Resolución de Partición de la ONU del 29 de noviembre de 1947. Se trata de un disparate propagandístico.
• En primer lugar, la ONU sin el consentimiento de la mayoría del pueblo de Palestina, no tenía derecho a decidir la partición de Palestina o a asignar parte alguna de su territorio a una minoría de inmigrantes extranjeros para que ellos establecieran su propio Estado.
• A pesar de eso, por el más estrecho de los márgenes, y sólo después de una votación amañada, la Asamblea General de la ONU aprobó una resolución para dividir Palestina y crear dos Estados, uno árabe, y otro judío, sin que Jerusalén formara parte de uno de ellos. Pero la Resolución de la Asamblea General fue sólo una propuesta – lo que significa que no podía tener ningún efecto, no podía convertirse en política, a menos que fuera aprobada por el Consejo de Seguridad.
• La verdad es que la propuesta de partición de la Asamblea General nunca llegó al Consejo de Seguridad para ser considerada. ¿Por qué no? Porque EE.UU. sabía que, si era aprobada, sólo podría ser implementada por la fuerza en vista del grado de oposición árabe y otra musulmana; y el presidente Truman no estaba dispuesto a utilizar la fuerza para dividir Palestina.
• Por lo tanto el plan de partición estaba invalidado y la cuestión de qué diablos hacer respecto a Palestina – después de que Gran Bretaña había hecho un lío y se había ido, rindiéndose efectivamente ante el terrorismo sionista – fue devuelta a la Asamblea General para más discusión. La opción favorecida y propuesta por EE.UU. era un fideicomiso temporal de la ONU. Mientras la Asamblea General estaba discutiendo qué hacer, Israel declaró unilateralmente su existencia – desafiando efectivamente la voluntad de la comunidad internacional organizada, incluido el gobierno de Truman.
La verdad en aquel entonces era que el Estado sionista, que llegó a ser sobre todo como consecuencia de la limpieza étnica pre-planificada, no tenía derecho a existir y, es más, no podría tener derecho a existir A MENOS… A menos que fuera reconocido y legitimado por los que fueron desposeídos de su tierra y sus derechos durante la creación del Estado sionista. En el derecho internacional, sólo los palestinos podían dar a Israel la legitimidad que ansiaba.
Y esa legitimidad era lo único que los sionistas no podían y no pueden arrebatar a los palestinos por la fuerza.
No es de extrañar que el primer ministro Netanyahu esté más de un poco preocupado al respecto.
Los dirigentes de Israel siempre han conocido esa verdad. Es hora de que el resto del mundo lo sepa.
….
Alan Hart es ex corresponsal extranjero de ITN y de Panorama de la BBC, quien cubrió guerras y conflictos dondequiera ocurrían en el mundo y se especializó en Oriente Próximo. Autor de: “Zionism: The Real Enemy of the Jews: The False Messiah (Zionism, the Real Enemy of the Jews).” Tiene su blog en www.alanhart.net
Fuente: http://www.informationclearinghouse.info/article23883.htm
5-03-2010
Uzbekistán, al calor del conflicto afgano

La Vanguardia


La gran pregunta de Afganistán es qué tipo de desastres se están incubando con esta segunda guerra que es consecuencia de los desastres de la primera ¿Será la tercera guerra afgana un conflicto regional más ampliado, hacia Paquistán, Irán y Uzbekistán? (*)

Entre todas las repúblicas del Asia Central ex soviética es Uzbekistán la que presenta el cuadro más claro para una crisis importante a medio plazo. El conflicto de Afganistán, el interés occidental por la región y las relaciones que determina, son fundamentales para entenderlo. La actual guerra es consecuencia de los desastres heredados por el intervencionismo militar extranjero de los años ochenta y noventa. Por eso merece la pena preguntarse por los desastres que está incubando hoy, por ejemplo de cara a un conflicto regional más amplio. El riesgo de Paquistán es obvio y conocido, excepto, al parecer, para los planificadores del Pentágono. El acoso a Irán, cuya ambición nuclear es tan lógica, también. De Uzbequistán se habla menos.

Nueva situación

Desde las expansiones imperiales del Siglo XIX de la Rusia zarista y de la China Qing (Manchú) hasta 1990, la influencia rusa fue la más vigorosa y dominante en Asia Central. La URSS englobaba en su seno a las actuales cinco repúblicas (Kazajstán, Uzbekistán, Turkmenistán, Kirgizstán y Tadjikistán) y su influencia se hacía sentir al otro lado de la frontera, en la parte china. La propia China fue al principio un "satélite" de la URSS de Stalin, y cuando dejó de serlo y se peleó con ella, Moscú le creó a Pekín algunos problemas en Xinjiang promocionando el separatismo uigur. Lo contrario nunca ocurrió. Esa tendencia de larga duración cambió a partir de 1990, como triple resultado del hundimiento de la URSS, de la ascensión de China y del 11-S.

Rusia tiene hoy gran influencia en las cinco repúblicas, pero ya no forman parte de un superestado con centro en Moscú. Rusia ya no tiene influencia alguna en Xinjiang. Por el contrario, la influencia china, económica y política, aumenta en el mundo y también en las repúblicas ex-soviéticas de Asia Central.

La situación ha cambiado en beneficio de China, pero no se ha invertido porque la influencia que Rusia ha perdido en las cinco repúblicas no ha sido sustituida únicamente por la de China.

Por un lado, esos Estados se han hecho independientes y soberanos, y ejercen su propia influencia, con Kazajstán y Uzbequistán en el papel de potencias regionales. Por el otro, la existencia de grandes recursos energéticos y grandes intereses geopolíticos, ha determinado la presencia de Estados Unidos y la OTAN en la región gracias al 11-S. Así, la nueva situación no es bipolar, sino mucho más compleja.

Podemos decir que: 1- La relación chino-rusa, que desde los años sesenta concentraba casi en exclusiva los riesgos de conflicto en la región, se ha normalizado y estabilizado. Y 2- Que por primera vez desde la época colonial, la presencia occidental vuelve a jugar un papel de desestabilización muy importante en Asia Central. El conflicto de Afganistán es aquí crucial.

Guerras que incuban otras


Visto desde Europa o América, el conflicto de Afganistán se compone de dos guerras. La Primera fue un producto del gran conflicto Este-Oeste y una consecuencia de la Revolución Iraní de 1979. Ambos factores desencadenaron la torpeza invasora soviética y las intervenciones de la CIA, su homólogo paquistaní, el ISI, y la monarquía saudí, induciendo, potenciando y financiando un radicalismo sunita contra la URSS que compensara al mismo tiempo la influencia revolucionaria del radicalismo chiíta en el Golfo.

La Segunda es un asunto de geopolítica de recursos y de belicismo imperial occidental, con la excusa del "terrorismo". La región del Golfo más la cuenca del Caspio y Asia Central concentran el grueso de las reservas energéticas mundiales. Quien controla eso, controla el mundo. Estrategas americanos como Zbigniew Brzezinsky dejaron muy claro, ya en 1997, cuatro años antes del 11-S, el objetivo estratégico de hacerse con el control de Asia Central, lo que se consideraba como la "recompensa" de Washington (ese es el término utilizado) por haber vencido en la guerra fría.

Esa es la razón de ser de una presencia militar allá, que es punta de lanza entre Rusia y China, y, a la vez, estrecha el cerco a Irán, la única potencia petrolera hostil a Occidente que queda en la gran región energética del mundo. Además, hay un factor de militarismo estructural de Estados Unidos (que ese país incubó durante -y heredó de- la guerra fría) y que tiene cierta inercia propia: se hace la guerra porque hay un aparato diseñado para hacerla y que tiene mucho poder, económico e institucional, a la hora de imponer políticas y prioridades.

Para los afganos de a pie que sufren el conflicto, se trata de una sola guerra: una "guerra de los 30 años", una maldición incomprensible que viene de fuera como fue para los indochinos de los años cincuenta, sesenta y setenta. Recordemos la película de los últimos treinta años:

En los setenta Afganistán era un país pobre y atávico, pero no particularmente violento, más allá de les escenas del mundo tribal. Los hippys occidentales iban allá a fumar cannabis. Después de; decenas de millones de rublos y dólares, millones de armas y bombas, un millón de muertos y cinco millones de refugiados, con su sociedad destruida, el país se convierte en un "problema de terrorismo". Con esa inversión en desastre, cualquier sociedad destruida acaba convirtiéndose en un desastre. Afganistán no es un "estado fallido", sino un "estado fallido inducido" por la intervención de Occidente -un Occidente que en este caso incluye a Rusia y abarca de San Francisco a Vladivostok.

Lo que hay que retener de ese conflicto es que la excusa alegada en la segunda guerra (el 11-S, el terrorismo) es un producto claro y directo de la primera guerra (los mujaidines, Bin Laden, Taliban) que se volvió contra sus creadores. No hay ninguna razón para pensar que la "guerra de los treinta años" no se convierta en una "guerra de los cuarenta años", porque se sospecha que no hay mayor factor de conflicto y de terrorismo que la propia "guerra contra el terrorismo", de la misma forma en que el 11-S fue resultado acumulado de políticas belicistas irresponsables (el "Blowback" de Chalmers Johnson).

Lo que nos interesa subrayar hoy, al decir que la primera guerra preparó el caldo de cultivo de la segunda, es la pregunta sobre qué tipo de desastres se están incubando ahora con esta segunda guerra de cara a una tercera, que puede ya no ser sólo una "guerra afgana", sino un cáncer regional más ampliado, digamos afgano-paquistano-uzbeco-iraní, por ejemplo.

En Paquistán se considera que fuera de determinadas regiones la insurgencia islámica no tiene base para hacerse con el país entero. La actual ampliación de la guerra, con ataques diarios de aviones no tripulados que matan a población civil, puede acabar ofreciéndosela. Lo mismo podemos decir de Uzbequistán donde quizá sólo un tercio de la sociedad apoyaría hoy una fórmula de gobierno islamista. En Camboya el gobierno de los jmeres rojos era impensable en aquella benevolente monarquía del rey Sinahuk..., hasta que los bombardeos americanos le prepararon el terreno entre la población. Estoy sugiriendo un efecto de ese estilo para Asia Central... En cualquier caso, parece que el conflicto afgano va a tener una contribución destacada al caos del Siglo XXI (Wallerstein).

Espiral represión-radicalismo

En Uzbequistán el régimen de poder personal del Presidente Islam Karimov, antiguo primer secretario del Partido Comunista Uzbeco en la época soviética, sostiene una dura represión, arbitraria e indiscriminada, contra todo lo que huela a oposición e islamismo incontrolado o político. Arbitrariedad y brutalidad quieren decir que una mujer puede ser detenida y violada por la policía porque su hermano ha sido detenido por meras sospechas de relación con algún grupo islámico. Quiere decir que la tortura es sistemática (así la califican los informes de la ONU) con algún caso de detenido muerto por haber sido sumergido en agua hirviendo. Quiere decir que los tribunales no conocen sentencias exculpatorias, y que las cárceles se llenan con miles de presos. Esa práctica es un incentivo que empuja hacia la radicalización ideológica e invita a un activismo violento, a todo aquel que se oponga al régimen.

La historia de "Namanganí"

El 16 de febrero de 1999 una serie de bombas colocadas en diversas sedes oficiales de la capital uzbeca, Tashkent, estallaron sembrando el caos. Las autoridades atribuyeron aquello primero al "Hizb ut-Tajrir", un partido islámico que se declara opuesto a la violencia, y luego, a las pocas horas, al "Movimiento Islámico de Uzbequistán" (MIU). El MIU había sido fundado en 1995 en Kabul por dos activistas uzbecos, Dyumaboi Jodyiev, alias "Namanganí", y Tajir Yuldash.

"Namanganí" había luchado como soldado soviético en Afganistán a finales de los ochenta. Al regresar a su ciudad natal de Namangán, en el Valle de Ferganá, un espacio que combina la mayor densidad demográfica de la antigua URSS, con enormes tasas de desempleo y una pirámide demográfica muy joven, nuestro hombre se hizo islamista. En el contexto de una URSS que se desmoronaba, muchos evolucionaban hacia el tradicionalismo y se encontraban con un Islam parcialmente corrupto y muy controlado por el Estado y su policía, lo que no les parecía ni ejemplar ni inspirador. Se trataba, pues, de "purificar" el Islam. "Namanganí" fundó un grupo alternativo llamado "Tovbá" (Caridad) y al poco tiempo tuvo que huir de la represión. Se refugió en Tadjikistán, donde participó en la actividad guerrillera que desencadenó la cruenta guerra civil en aquella república (por lo menos 50.000 muertos entre 1992 y 1997).

En los años noventa, la guerrilla tadjica había recibido amparo del principal señor de la guerra del norte de Afganistán, el tadjico Ajmad-Shaj Masud. En 1992, Masud y otros mujaidines habían entrado en Kabul, después de que la errática política de Boris Yeltsin cortara el suministro de carburante al gobierno ex-prosovietico del Doctor Najibullah, sin duda el gobierno menos malo que Afganistán ha tenido en los últimos 35 años. Aquel corte determinó típicos cambios de bando de importantes aliados de Najibullah, hacia el dinero occidental y los mujaidines, y desembocaron con la caída de Kabul. La toma de la capital inició a su vez una mortífera guerra entre las fracciones mujaidines apoyadas por Occidente, que redujo Kabul a ruinas. Ese era el Kabul de 1995 en el que "Namanganí" y Yuldash fundaron el "Movimiento Islámico de Uzbequistán".

Internacionalismo jihadista


En la capital afgana los dos uzbecos entraron en contacto con el dinero y las relaciones internacionales de Bin Laden. Su proyecto era crear un sultanato centroasiático, y en ese proyecto Uzbequistán aparecía como el eslabón principal de una cadena. La mentalidad era que si caía el régimen de Karimov en Uzbequistán, toda la región se desmoronaría como un castillo de naipes...

En 1996 los talibán se impusieron, como una fuerza de orden, sobre las caóticas y corruptas facciones mujaidines, y tomaron a su vez Kabul. En los cuatro años siguientes consolidaron su poder por todo el país, más allá de su área matriz pashtún, pero no lograron desplazar a Ajmad-Shaj Masud (entre tanto, beneficiario de apoyos y armas rusas) de su enclave del Valle del Panshir y de las provincias de Tojar y Baglan. Visité el Panshir en aquella época y pude apreciar hasta qué punto era frágil la posición de Masud, que en dos ocasiones estuvo a punto de perder su bastión.

El 11-S comenzó en Afganistán dos días antes, el 9 de septiembre, con el atentado que mató a Ajmad-Shaj Masud. Un grupo de islamistas camuflado como periodistas de televisión hicieron estallar la bomba que llevaban instalada dentro de su cámara, acabando con quien era sin duda una de las figuras más carismáticas y eficaces de la antigua escena mujaidín. El cálculo era que cuando llegara la previsible represalia por lo de Nueva York, con ataques al santuario afgano, los occidentales no pudieran disponer de un aliado como Masud que les ayudara o hiciera el trabajo por ellos a cambio de armas y dinero. Los talibán desplegaron el contingente "internacionalista" del Movimiento Islámico de Uzbequistán" (MIU) de "Namanganí" y Yuldash, en el que no había solo uzbecos, en el norte del país. Eran unos 3000 hombres y su base estaba en una antigua fábrica de algodón de la provincia de Kunduz.

El MIU se hundió en otoño de 2001, junto con todo el dispositivo militar talibán, durante la intervención americana en Afganistán. Sus "jihadistas internacionales" fueron prácticamente los únicos presos de la batalla de Kunduz, a cuya debacle asistí. Mientras los talibán, simplemente se cambiaban de bando, pasándose a los vencedores mediante típicos pactos afganos, y los combatientes paquistaníes eran repatriados de Kunduz por aviones militares del ISI paquistaní, los únicos que quedaron al descubierto y fueron hechos prisioneros fueron los combatientes del MIU.

Los presos que se tomaron fueron conducidos a la fortaleza de Kalai Jangí, cerca de la ciudad de Mazarí Sharif, donde presencié su rebelión, cuando lograron reducir a sus guardias con granadas que llevaban ocultas en sus ropas y dieron muerte a un agente de la CIA –la primera víctima estadounidense del conflicto. A aquella rebelión siguió una masacre. Primero un avión americano lanzó sobre la fortaleza un mar de bombas incendiarias. Luego, en la última etapa del asedio, la última resistencia se redujo inyectando gasolina en los sótanos de la fortaleza y prendiendo fuego para obligar a salir a los escondidos. Muchos de los presos que sobrevivieron a aquello, morirán días después asfixiados en los contenedores de los camiones en los que fueron encerrados. Y algunos de los que sobrevivieron a eso acabaron en Guantánamo... "Namanganí" murió en Kunduz, pero Yuldash logró huir a Tadjikistán. Casi diez años después, su nombre vuelve a sonar.

Regímenes inestables

Las cinco repúblicas ex soviéticas del Asia Central siguen hoy gobernadas por regímenes patriarcales-autoritarios que podemos llamar "democracias de imitación" (Furman) en el sentido de que celebran "elecciones" y tienen "parlamentos" y constituciones para cubrir las formas, pero que en esencia son sistemas puramente autoritarios. Kazajstán, Uzbequistán y Turkmenistán, ni siquiera han conocido pequeñas transferencias de poder. Los dos primeros siguen gobernados por los antiguos lideres soviéticos locales, Nursultán Nazarbayev e Islam Karimov, mientras que en Turkmenistán su homólogo, Saparmurat Niyazov, murió en 2006 y el poder pasó a uno de sus compañeros, Gurbanguly Berdimujamedov (del que se rumorea es hijo del anterior). En Uzbequistán y Turkmenistán no hay una oposición legal.

Las turbulencias de muy diferente nivel y carácter que conocieron Tadjikistán y Kirgizstán -en el caso de Tadjikistán muy graves, como se ha dicho- determinaron rotaciones en el poder respecto a la estructura de la época soviética. En Tadjikistán un hombre procedente del nivel bajo de la estadocracia soviética, Emomalí Rajmonov, se hizo con la Presidencia en 1994. En Kirgizstán, cuyo clima político era, y sigue siendo, mucho más amable y distendido, un académico "alternativo", Askar Akaiev, asumió el poder en 1990 y lo mantuvo hasta 2005, cuando fue derribado por una "revolución naranja" que llevó al poder al primer ministro de Akaiev, Kurmanbek Bakiev, quien no ha cambiado nada esencial. Medida en aspectos como la eliminación de opositores o periodistas, la tendencia de los regimenes de Tadjikistán y Kirgizstán es hacia el endurecimiento.

Todos estos regímenes, pertenezcan al grupo de los más o de los menos duros, contienen semejantes ingredientes que los condenan a conocer crisis y convulsiones políticas a medio plazo. El control de la sociedad, la falta de pluralismo institucional y de libertad de información, convierten en ciegas a sus elites, que pierden la visión de los procesos sociales. La promoción de los obedientes merma talentos y deteriora la calidad del gobierno. Todo ello potencia la corrupción, lo que a su vez revierte en una perdida de legitimidad. La represión radicaliza a la oposición y su carácter ciego, indiscriminado y arbitrario, amplía el espectro de los descontentos. En los casos en los que no hay descendientes varones para una sucesión patriarcal del caudillo se crean condiciones para conflictos por la sucesión. Ni Nazarbayev ni Karimov tienen hijos varones. Karimov acaba de nombrar a su hija, Gulnara, embajadora en España –aunque la noticia aun no se ha divulgado en Tashkent- pero es impensable que una mujer le suceda en el poder.

Todo eso lleva a pensar que en los cinco Estados se producirán crisis políticas profundas, pero es en Uzbequistán donde hay el mayor potencial para un conflicto de mayor envergadura, incluso explosivo y violento.

Frágil Uzbeqkistán

Un ejemplo con valor de precedente lo ofrecen los sucesos de Andiján del 13 de mayo de 2005. Las protestas contra el juicio a un grupo de hombres de negocios locales que eran miembros de una organización islámica, se reprimió a tiros. Centenares de personas murieron. Si el levantamiento hubiera triunfado, por ejemplo con los soldados negándose a disparar, se podría haber extendido por gran parte del país. En ese caso el régimen de Karímov habría quebrado, en beneficio de otro de tipo islámico que tampoco habría sido democrático. Desde hace poco se han producido atentados suicidas en la región de Andiján. Una vez más, todos estos sucesos deben ser cotejados con la evolución del conflicto de Afganistán.

Desde que la ruta pakistaní de aprovisionamiento de la OTAN por el Jiber Pass se ha hecho menos segura a causa de los crónicos atentados, la OTAN utiliza la puerta norte de Afganistán, por la frontera con Uzbequistán y Tadjikistán, como vía de aprovisionamiento. En Sherjan, donde antes había que cruzar la frontera del río Amudaría hacia Tadjikistán en barcazas, los americanos han construido un puente. El norte de Afganistán, que hasta hace poco era tranquilo -lo que determinó la decisión alemana de enviar a sus soldados allá y no al revuelto sur- se ha convertido en una complicada zona de guerra. La razón es que la insurgencia afgana quiere cortar e interferir esa nueva ruta de aprovisionamiento de la OTAN.

La captura de dos camiones cisterna por los talibán y su bombardeo, ordenado por los alemanes el 4 de septiembre de 2009, con 140 muertos civiles como resultado, ilustró muy bien la situación. A raíz de aquello se supo que un grupo alemán de operaciones especiales, el KSK, practica en el norte de Afganistán los mismos asesinatos extrajudiciales que los americanos y sus mercenarios de "Blackwater" realizan diariamente en el sur de Afganistán. Los americanos han enviado 5000 soldados de refuerzo al norte de Afganistán para responder a la subida de tono del conflicto allá.

Según informes paquistaníes, esta situación estaría reactivando al Movimiento Islámico de Uzbequistán de Tajir Yuldash. También hay noticias de que los destacamentos de mercenarios de "Blackwater" practican asesinatos extrajudiciales en el propio territorio uzbeco, como hacen en Paquistán. El operativo alemán en Afganistán, cada vez mayor y más discutido, se dirige desde la base que el Bundeswehr tiene en Termez, una ciudad uzbeca separada de Afganistán por un puente construido por los soviéticos en los ochenta.

Este marco de estrecha "cooperación antiterrorista", permite a los regimenes de las repúblicas ex-soviéticas justificar su represión de la oposición con el mismo discurso "antiterrorista" que la OTAN utiliza en Afganistán. Occidente pone el acento en la cooperación de "seguridad", e ignora y no actúa en absoluto en el principal proceso de podredumbre y desestabilización interna: la propia "lucha antiterrorista" de esos regímenes, que no es más que una represión, arbitraria e indiscriminada, de toda oposición, para mantener un poder autoritario. La masacre de Andiján de 2005, introdujo un embargo de venta de armas a Uzbequistán, pero el régimen uzbeco sabe que si coopera disciplinadamente con las necesidades de los occidentales (disponer de bases militares entre Rusia y China, derechos de paso para suministros necesarios en el conflicto afgano, y acceso a recursos energéticos), nunca tendrá nada que temer. El Bundeswehr, por ejemplo, entrena a oficiales uzbecos en Alemania.

En 1990, el extremismo islamista no era una alternativa seria en Uzbequistán. Ahora, en gran parte gracias a la política de Karimov y el sostén "antiterrorista" occidental, quizá habría que revisar aquella observación. Por eso, el pronóstico para el Asia Central ex soviética es que los "intereses de seguridad" de Occidente relacionados con la guerra de Afganistán amplían el cáncer de todos los regímenes de la región, un cáncer que su propia autocracia genera, pero Uzbequistán es el país más expuesto.

Nota:

(*) Este artículo parte de la conferencia, "Turquestán, Islam entre rusos y chinos", impartida por el autor el 4 de marzo en la Fundación Instituto Euroárabe de Granada.

Fuente: http://www.lavanguardia.es/lv24h/20100322/53897885545.html

miércoles, 10 de marzo de 2010

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